Tener un pueblo

3.

  
0:00
-2:20

Iba ser una imbécil. Me he leído un libro bonito, distinto, luminoso, que me ha emocionado y producido envidia, de la mala y de la buena. Una novela que me hubiera gustado escribir a mí, si yo escribiera así de bien, tuviera 10 años menos, y tiempo y ganas. Y, bueno, vale, venga, ese talento. Pero no lo iba a compartir. No por la envidia, eso casi podría respetarlo, no lo iba a compartir porque mucha gente ya ha hablado de él. ¿Seré imbécil que no voy yo de gurú de la recomendación de libros? Y aún por encima necesito ser una puñetera “avant-garde” cuando he tenido que mirar en el diccionario cómo cojones se escribe el término. Total, que iba a dejar de hablaros de Feria de Ana Iris Simón porque seguro que alguien ya os había hablado de su novela. Pero me puse a releer algunos de los fragmentos que había subrayado y me di cuenta de que a la Anairis la tiene que leer mucha gente, con 30 años que tiene.

“En El Litri solía estar el Chichi, el tonto del pueblo, un hombre muy moreno, con el pelo muy graso y problemas de dicción del que se decía en Ontígola que, cuando iba al putiblub, las prostitutas le ataban una toalla al miembro para que hiciera tope porque podía rellenar con él un vaso de cubata y aun así le faltaba espacio. También se decía que se había liado con la Vanesa la Bigotuda, su homóloga femenina, y cuando la veía en le parque o en la plaza siempre me preguntaba si ella le habría puesto o no la toalla de tope porque esto yo lo sabía desde muy pequeña. Saber de niña como la tiene el Chichi y que ha intimado con la Vanesa la Bigotuda es ser de pueblo, también es crecer en un pueblo de mil y pico de habitantes; no todo es aire puro y saludar a todo el mundo y salir con el patinete y volver cuando sale el sol”.

Ahora con la pandemia todo el mundo quiere un pueblo, un prado propio donde poder perimetrarse, poca densidad de población y bien de wifi. Cuando yo era pequeña quería lo mismo pero cambiando la wifi por una piscina.

Yo he tenido tres pueblos pero ninguno era mío y el tercero era Benidorm. El primero era (y es) Alsasua donde vive la mitad de mi familia. Yo quería ovejas, bien de mierda de vaca en las calles y una cuadrilla de críos que me pasaran a buscar para ir a coger renacuajos al pilón. Pero eso nunca sucedía porque era un pueblo muy grande e industrializado, mis primas me sacaban demasiados años, y casi nunca nos quedábamos a dormir porque estaba tan cerca de Pamplona que yo no hacía amigos y el pilón era realmente muy pequeño y llovía (y llueve) todo el puñetero día y cualquiera se quedaba en la calle para ver si alguien te invitaba a jugar a pelota debajo de ese txirimiri infame.

El segundo era Suellacabras, en Soria, un pueblo con mierda de oveja a reventar pero que era de los mejores amigos de mis padres así que toda la diversión era prestada.  Tú eras una invitada de honor y a ti nunca iban a tirar al pilón y por eso sabías que no era tu pueblo.  En los 80 solo había un teléfono, una sola televisión en el teleclub, un frontón y un buen prado que llamábamos ejido. Ahora tiene 24 habitantes censados y creo que me moriría de pena con solo ver el ‘ayunta’ de lejos.

Mi tercer pueblo era Benidorm (lo conté aquí), que no se parecía en nada a un pueblo pero que cada verano lo era para el grupo de chiquillos que dejábamos la lluviosa Navarra y nos encontrábamos allí. Solo nos relacionábamos con gente del valle de la Barranca o de Pamplona y comíamos vainas, así que siempre será un poco mi pueblo, mi descomunal, brillante y sobre edificado pueblo donde en lugar de pilón, había piscina, lo que considero a todas luces un plus y un clima que daba ganas de estar todo el día en la calle.

Yo hubiera dado lo que fuera por tener lo que la Anairis tiene en Feria: esa familia enorme llena de abuelos, de tíos, de primos y amigos, un corral, un prado en el que no eres una invitada y la sombra de un árbol solo para mí.

También habla de otras cosas, no solo de los pueblos manchegos. Habla de las generaciones que nos hemos creído muy listas por querer trabajos vocacionales e intelectuales, tener hijos a los 40 y por comer tostadas absurdamente caras de aguacate en Nueva York, Tulum y París; para darnos cuenta de que llevamos queriendo un pueblo desde siempre, un trabajo estable, una familia y amigos que nos quieran de cerca.

No vengo aquí a mitificar el campo tampoco. No hablamos del sueño de dejarlo todo y tener un huerto. Sé lo que cuesta vivir de plantar tomates o espárragos y la Anairis también.

“Un día mi abuelo me dijo que las flores eran de mi abuela, que él solo plantaba cosas ‘que sirvieran’, y por cosas que sirven él entiende todo aquello que se puede comer, ya sean tomates, calabazas o aceitunas. Un año le regalamos un bonsái y no entendió el concepto. Le debió parecer que aquello estaba enratonao, así que lo fue trasplantando y ahora es un olivo más grande que yo que da aceitunas de un tamaño considerable, y mi abuela las arreglaba y luego los regalaba botes para que nos lleváramos”.

Vengo aquí a compartir este libro luminoso que habla de los complejos, de los pobres, de la precariedad, de la clase social, del reguetón, las ferias, los pueblos y el amor. Y también de lo listos que nos hemos creído y resulta que la buena vida era lo otro.

PD. El fragmento leído está en la página 184 (Editorial Círculo de tiza versión ebook). Dónde encontrar Feria, de Ana Iris Simón.

PD. 2 Esta no era la tercera newsletter que tenía escrita. Así que parece que habrá, al menos, cuatro.