La importancia de llamarse Amaya

Ninguna (por si no tenéis tiempo para leer la newsletter entera)

Yo me iba a llamar Carmen o Macarena. Imagínate. Macarena Ascunce. No tengo nada en contra del nombre pero, junto a mi apellido, suena desubicado y eso, entre niños, no suele ser bueno para la vida social. Por no mencionar que luego vinieron los del Río, lo que no creo que sumara normalidad a llamarse Macarena en los 90 en Pamplona. Pero cuenta la leyenda familiar que mi padre se fue al registro con mi padrino y decidieron inscribirme como Amaya para evitarme el ostracismo, sin tener muy claro cómo se escribía y sin que mi madre se oliera la tostada. Así que yo empecé mi vida agradecida a ese acto de rebeldía y mi madre, muy enfadada.

Yo arrastro varios posibles nombres y una historia ya antes de nacer. Sin embargo Jane, de El domingo de las madres (Graham Swift) se llama Jane al descarte. Jane Fairchild (niñobueno) tiene nombre y apellidos de huérfana que comparte con otras muchas niñas, e incluso su fecha de nacimiento es inventada. Jane no tiene familia a la que visitar cuando llega el 30 de marzo, el domingo libre al año en el que las criadas podían ir a ver a sus madres. En lugar de eso, pasa el día en la cama con Paul, su amante e hijo de una familia amiga de sus señores, que está a punto de casarse con otra chica de su misma clase social.

Ella entrando en la casa señorial por la puerta principal y, no la de servicio, y paseando desnuda por los pasillos vacíos, son dos imágenes de la pequeña rebelión que sucede en este precioso libro. Pero esta novela no va del resentimiento de clase, que podría, ni de sexo, que podría, ni de la explotación, que podría, ni de los privilegios o del daño que produce una guerra en cualquier clase social, que también. Esta es una historia de cómo alguien empieza a escribir, a querer contar el mundo y a convertir su vida en algo que nadie esperaba.

“Se llamaba “relajación”, pensó, una palabra que no solía figurar en el vocabulario de una criada. Ella poseía ya muchas palabras que normalmente no entraban en el vocabulario de las criadas. Incluso la palabra “vocabulario” podría contarse entre ellas… Las reunía tal como aquellos pájaros de afuera hacían acopio de material para sus nidos. ¿Y, tendida en aquella cama, seguían siendo una criada? ¿Y seguía siendo él el “señor”? Era la magia, la política perfecta de la desnudez”.

También habla de la importancia de la educación aunque la inteligencia sea un gran punto de partido, claro está, y el dinero. El dinero, también. No vayamos a mentirnos porque en realidad las dos cosas son necesarias para Jane y para todos. Ser muy listo, es como ser muy guapo, no tiene mérito, es una cuestión genética. Como ser muy rico, que suele ser algo heredado en la mayoría de los casos, y cuando no, también solemos necesitar que alguien nos dé los recursos para estudiar, para crecer o para crear.  

Jane lee mucho de la biblioteca de su señor comprada con dineritos, disfruta de los descubrimientos intelectuales y también los físicos y se enfrenta a un acontecimiento que marcará toda su vida.

“Somos combustible. Nacemos y nos quemamos: algunos con más rapidez que otros. Hay diferentes clases de combustión. Pero sin arder, sin incendiarse, la vida sería triste ¿no le parece?”

Tardé mucho en darme cuenta de que mi nombre del derecho se lee: “ama ya”. Lo que implica un imperativo que espero cumplir. Tardé aún más tiempo en darme cuenta de que al revés se lee: Ay, amá. Me pareció curioso que yo haya escrito dos libros dedicados al personaje (exagerado) de mi madre. Por no hablar de una extraña fijación con las novelas sobre madres, la maternidad o la no maternidad, y toda la no ficción que se publica en torno a estos temas.

Por supuesto, no creo que en mi nombre esté escrito mi destino. Hay muchas Janes que demuestran que da lo mismo que ellas no estuvieran invitadas al baile porque piensan ir. Y menos mal porque ¿os imagináis que el mundo fuera solo de los guapos, los listos, los forrados, los importantes? Sería como vivir en Instagram, vamos. Eso sí que sería vivir desubicada.  Y no llamarse Macarena.

PD. Tengo mucho que agradecer a Molinos (Ana Ribera) que tiene unos post de lecturas encadenadas que ella dice que nadie leer, pero yo sí porque descubro libros como este. En ellos encontraréis buenas recomendaciones.