La primera a cara descubierta

Y un libro de humor

Esta newsletter lleva escribiéndose dos años. Llevo dos años con una idea y un formato en la cabeza. Las newsletter son los nuevos blogs. Voy a investigar. Me suscribo a 800 newsletters. Leo la teoría. Métodos de pago. Dominios.

Pasan dos meses.

Quiero escribir. Yo tuve un blog que me hizo muy feliz. Escribí muchas cosas sobre mi infancia, hablé de mi madre, de mis tías, de mis abuelas… Exageré. Y también conté la verdad como nunca. Con mi voz, mi tono, pero nadie sabía que era yo. Es decir, Amaya. Yo era la nena. Y ser la nena era muy liberador. Quién es esa nena tan simpática y, probablemente bajo terapia, que escribe este blog ¿A quién le importa? Dame más nostalgia, nena. Seas quien seas, quiero esa mierda noventera en la que revolcarme. Y yo feliz.  Pero luego publiqué un libro (bueno, dos) y mi nombre sustituyó a la nena. Y entonces todo empezó a ir en serio. Perdí mi voz. ¿Qué hago otra vez hablando de esto?

Pasa un mes.

Que si busca un buen nombre, qué si de qué escribo, que si ahora me lee mi madre y algún jefe, qué si me da hambre, que si me apetece tarta de manzana, que si igual me puedo hacer una. ¿Cómo se harán las tartas de manzana? ¿Se hacen o solo las venden hechas?  Búsquedas en internet. Recetas. Las mejores manzanas. Un pueblo italiano que es famoso por ellas. Estará cerca del pueblo de aquella niña que conocí en Bournemouth aprendiendo inglés… Voy a ver si tengo manzanas. No tengo. ¿Qué se puede hacer con un limón mohoso, dos yogures caducados y perejil? Llorar. Debería limpiar el frigo. ¿Dónde estarán las fotos de aquel verano en Bournemouth? Voy a buscarlas.

Otro mes.

Paso de escribir una newsletter. Las redes son lo más. Voy a escribir textos más largos en Instagram. Y ya está. Viva lo efímero. Lo efímero es lo puto más (¿se dice así?). Si yo no soy millennial por unos meses. Puede funcionar. Instagram será mi formato. Haz una foto cuqui y adelante.

Pasan 6 meses de fotos y pies absurdos.

Pero si tú nunca has sido cuqui y la primera vez que te creaste una cuenta de Instagram tuviste seguidores negativos. Creo que fueron -3 seguidores. Tengo testigos de esta rareza de la impopularidad que debía estar premiada en algún ranking inverso. A dónde vas con esas palabras debajo de un bodegón de ¿flor+vela+más emoción cursi? Ahí no está tu voz.

Otro mes.

¿Mi voz, mi trabajo y esta newsletter pueden entrar en conflicto? Voy a escribir sobre libros. Los libros me gustan. Los libros pueden hablar por mí.

Pasan 12 meses y 12 columnas. Y algunos podcast como invitada.

Me gustan los libros, pero si soy yo la quiere que hablar, ¿qué pasa conmigo? ¿Dónde está mi voz?

Empiezo otra vez.

Mira, Amaya, no necesitas escribir. El mundo no necesita tu voz, ni tus incursiones como repostera. Son dos cosas que debes aprender. Lo que nos hace grandes es lo que leemos, no lo que escribimos.

Pasan 4 meses.

Pero ¿y estás ganas? ¿Qué hago con estas ganas de escribir? Escribe. No necesitas que nadie te lea.

Pasan 6 meses. Escribo para mí. Todo impublicable, por supuesto: un diario y termino una novela sobre el fin del mundo. Y luego llega el fin del mundo de verdad y hace aún más impublicable una novela intimista completamente inverosímil porque la realidad le pasa por encima. Y por mucho.

Más meses. Unos mil meses.

¿Con una niña pequeña quién es capaz de escribir? No pasa nada porque no escribas. Nadie escribe con una depravación de sueño de casi 20 meses. Nadie necesita que escribas. Ni siquiera tú.

Otros 5 meses.

Venga, voy enviar la newsletter. Voy a contar porque para mí escribir es como vivir en la noche anterior de un examen permanentemente. Siempre teniendo que hacerlo. Siempre evitándolo. Sí. Bueno, mejor cuando llegue a 10.000 seguidores en Instagram y así puedo poner un enlace en mis stories. Y llego a más gente. Nadie se va a apuntar. De qué voy a hablar. La palabra escrita está muerta.

Otro mes.

Voy a escribir sobre leer. Sobre libros. Voy a montar un club de lectura. O sobre perfumes, o sobre lo que me pasa por la cabeza… ¿Y si no puedo escribir todas las semanas? ¿O todos los meses? Porque tendré que decidir la periodicidad. Voy a adelantarme dos meses de newsletters. O mejor cuatro. Y entonces, sí. Entonces la mando. Aunque debería pensar un buen nombre…

Febrero de 2021.

Esas 800 palabras me ha costado escribirlas dos años. Ese es el tiempo que he necesitado para ser sincera conmigo misma.

Ahora 21 palabras:

Escribir me hace feliz.

Que me lean me hace feliz.

No necesito nada más.

No prometo nada.

Pero será de verdad.

PD. 1 La exactitud y la verosimilitud no son mis virtudes. La línea de tiempo de esta newsletter puede recorrer entre 11 meses y 15 años. Lo sé. Si eres de los que este tipo de imprecisiones les puede molestar un poco, no sé si es tu lugar. Desde luego, que mi casa, y en concreto mi frigorífico, no lo es.

PD. 2 Si amas leer y las posdatas, puede que sí.

PD. 3. Algo para leer: Llamadas de Mamá, de Carole Fives. Tengo una inmerecida fama de que me vuelve loca un drama pero, para mí, no hay nada mejor que un libro que me hace reír, lo que pasa es que son una rareza. En esta novela una madre le taladra la cabeza a su hija por teléfono con su humor negro, sus enfermedades y sus manías.

«Me han dicho: Su caso, señora, es un lío, no sabemos a qué especialidad mandarla. Sería mejor que se limitara a una única patología, tendría que escoger, cáncer o depresión, y en tal caso, la mandamos a la quinta planta».

Es cortito. 135 páginas. Se lee rápido y a gusto.

«Escúchame: antes que a los hombres prefiero la literatura.

Me he pasado la noche escribiendo, ¡tengo casi quince páginas! Fíjate, no sabía yo lo duro que era escribir. Yo voy contando, la cosa se va encadenando. Es lógico, es cronológico. Me releo y entonces ¡es el HORROR! Pero aun así es una terapia de la leche, después me tranquilizo. Me voy, me acuesto y me digo: “Hay que ver lo tranquila que estoy”».

Pues eso, qué tranquila estoy.

Hasta la siguiente.