La teta, la luna y la gata

Esta semana he leído que un estudio demostraba que los perros se creen personas y que los gatos creen que las personas somos gatos poco funcionales. No me queda otra opción que darle la razón a los míos.

El lunes por la noche, estaba ya metida en la cama a punto de dormirme cuando C. me dijo que no encontraba a Juanita. Juanita es esta.

Nos pusimos a buscar por todos los rincones en los que suele esconderse, algo habitual porque una es gata miedosa. Pero no aparecía.

23.30 de la noche y nos damos cuenta de que una ventana está un poco abierta. Recuerdo entonces un ruido que había escuchado hacía un rato y que mi cerebro no había podido localizar. Cuatro pisos de altura. Nervios. C. baja corriendo a la calle mientras, yo maúllo y silbo por la ventana como una tarada mientras lloro. La luna es una rayita estrecha en el cielo y no ilumina casi nada. Miro a los dos lados de mi alfeizar y solo veo negrura.

23.45 horas. No hay rastro de ella en la calle y, a pesar de las horas, empieza la operación: “Mis Vecinos Me Van A Tomar Por Una Puta Zumbada” . Ya os adelanto que: “Operación completada”.

Primero: mensaje de whatsapp a la vecina de mi planta. Tenemos cierta confianza y ella tiene gatos. Las dos estamos igual de zumbadas. Encuentro por su parte mucha empatía. También bostezos. Suma a su hija a la búsqueda. Y recibo un whatsapp: “Le visto el culito alejándose”. Alegría infinita porque ese culito no esté espachurrado por ahí.

Juanita ha caminado por el alfeizar hasta un poco más allá de su terraza.

Siguiente parada: llamar al telefonillo de dos vecinos de otro portal que no conozco de nada y con los que solo comparto un alfeizar estrecho, largo y poco iluminado.

00.00 horas. Primer vecino. Está despierto, dispuesto y sorprendido. La gata no la ve. Suma a su mujer y dos hijos a la búsqueda. Segundo vecino. Menos dispuesto. Normal, porque estaba sobado. Más sorprendido que el primero pero echa un ojo a su terraza. La gata, ni idea.

El vecino despierto me acompaña alrededor del edificio mientras C. maúlla y silba desde la ventana. Desde abajo no sé si C. llora pero le veo hacer una caminito de pavo por el alfeizar.

El vecino: “Si ha caído desde ahí, está muerta. Eso te lo digo”.

Un paisano que pasa por allí: “¿Has perdido a un gato? Pues no lo vas a encontrar”.

Ahí, el lobby del optimismo, animando. Miro a la luna que sigue minúscula, como un párpado cerrado. Confío. Si no hay gata espachurrada. Hay esperanza.

Me vuelvo a casa triste. 00.20 horas. C. y yo maullamos y silbamos. Nada. Juanita no vuelve.

Suena el telefonillo. El vecino despierto la ha visto. Está en una zona sin acceso del alfeizar que da a las escaleras comunes de su portal. C. se lleva jamón de york, que huele más que el pavo, una toalla y toda mi presión para que la traiga sana y salva. Es bastante presión. Toda la planta seguimos la operación con el corazón en un puño y comunicados por whatsapp. Pero la puta gata se muere de miedo y no hay jamón de york que le haga moverse. Esta sobre alimentada. Eso está claro.

Vuelve C. “Ve tú, a ver si te conoce”. No vamos juntos porque en la cuna, hay una niña que cada noche se despierta si me cruje la rodilla, pero esta noche de silbidos, lloros, maullidos, whatsapps, gritos desde el cuarto piso, y el telefonillo sonando, ni se inmuta.

Entro a la casa de mi amable vecino desconocido hasta ese momento. En el salón, saludo a una familia que ve la tele con mascarillas y me sonríe. Creo. Intento varios medios de acercamiento. Juanita mira al suelo, mira a la luna, me mira a mí, y parece no fiarse de ninguno. Me ofrecen un recogedor para atraerla hacia mí, algo que tiene probabilidades de acabar mal. Suena a gata espachurrada así que sigo mi propio instinto de zumbada. Me froto el recogedor por el cuello y las manos y la acaricio con él para que me huela. Mi vecino, chitón, como si allí no hubiera pasado nada y no hubiera una señora con los ojos rojos que apesta a jamón york y que acaba de pasarse su recogedor de basura por el cuello.  Juanita da unos pasitos. Casi puedo tocarla. Mi vecino se ofrece a agarrarme de las piernas, saco el cuerpo por la ventana y la trinco por el cuello. Me muero de miedo pero consigo que no se me caiga. La gata me da un abrazo que si llega a estar dos milímetros más cerca de la yugular, no estaría yo contando esta bonita historia.

Con la gata agarrada como un koala con las uñas clavadas en  mi cuello, vuelvo a casa después de agradecer y pedir perdón a esa familia mil veces. Ya no lloro. Me miro en el ascensor. Ojos rojos, un moño de lado, un peto vaquero y llevo puesta la camiseta de dormir, la que tiene un agujero en el lateral y que me daba pena tirar porque es muy gustosa. Se me ve media teta. Por supuesto, sin sujetador. 12.50 horas. Operación vecina zumbada completada.

PD. Siguiendo el mood: “Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer”, de Foster Wallace. Lo he recomendado en ELLE Club de lectura, a mis amigas, a mi club de lectura físico, a mi frutero, y el portero me ha dicho que le deje en paz ya. Hace mucho que no me divertía tanto con un libro. Es un ensayo sobre la experiencia del autor a bordo de un crucero por el Caribe.

 “El baño del camarote 1009 siempre huele a un desinfectante noruego extraño pero no desagradable cuyo aroma se parece a como olería si alguien que supiera la composición organoquímica exacta de un limón pero en realidad nunca hubiera olido un limón intentara sintetizar el aroma de limón.  Más o menos la misma relación con limón de verdad que las aspirinas infantiles de Bayer con una naranja de verdad”.

Además tiene un párrafo que me recuerda a cómo Juanita nos está haciendo sentir por habernos dejado una ventana abierta. Wallace asiste a un espectáculo de hipnosis a cargo de los animadores del barco. “Algo realmente crucial acerca de los Cruceros de lujo se está haciendo evidente aquí: ser entretenido por alguien a quien le disgustas profundamente y tener la impresión de que te mereces ese disgusto al mismo tiempo que te duele”. Ella cree que es culpa nuestra. Y está claro que lo es.