Los de septiembre

Vengo solo con descartes como casi todos a estas alturas. Seguimos agarrados al verano, pero ya está aquí septiembre. Lo sabemos. Incluso los que se van ahora de vacaciones.

Está Corfú a tope. Mucha gente ha visto la serie de Los Durrell y ha soñado con esa casa (esa vida)  en meses de cuarentenas, toques de queda o confinamientos perimetrales.  Pero, ¿lo harías?, ¿te irías a vivir a la casa de los Durrell?

No me refiero a que quieras poseer la casa, ir de vacaciones, los puentes, y algún mes perdido. Digo vivir. Y no, ahora, sino cuando se fueron los Durrell a un país lejano, con peores comunicaciones, menos urbanizado, sin trabajo, sin dinero, una mujer sola. Yo creo que soñamos demasiado con planes que funcionan bien si los ves de lejos. Pero si haces foco, pues ya es otra cosa.

Me ha pasado con Benidorm. Pese a su fama, para mí Benidorm es un lugar feliz. Lo ha sido durante mi infancia. Y regreso pensando que voy a volver a ese lugar. Pero no existe. Está lleno de gente sin mascarilla por la calle que pone música en la playa. Probablemente uno de los gestos más egoístas para mí: tapar el sonido del mar a todos los que tienen la desgracia de sentarse cerca. Me da lo mismo la música. Yo no he elegido oírla. Ponte los cascos. No molas más, no estás diciendo nada bueno de ti. Justo lo contrario. Todos pensamos que eres un imbécil.

Me pasó también en el hotel Ushaia Ibiza hace años. La gente muy flipada con el sitio, mucho chill-out y músicos en directo y yo desayunaba frente al mar pero no oía las olas. A las 9 de la mañana.  Ni un poquito. ¿Para qué desayunar champán al lado del mar si tienes la misma sensación que saliendo de un after en mitad de Madrid? Por no hablar de la gente. Todo estaba tan a tope como en Benidorm. Diferente selección musical, nada más. La proporción de imbéciles andaba parecida.

Este agosto he leído poco. Solo he terminado tres libros y uno de ellos no ha sido muy largo. Bastante raro este ritmo y encima voy a tope de dramas. Hasta para mí, me he pasado de rosca. Dos de no ficción: sobre la depresión de su autora (‘Fármaco’ de Almudena Sánchez) y otro sobre la muerte de un padre después de una larga enfermedad contado por sus hijas (‘Ha pasado un minuto y queda una vida’ de Gabriela Consuegra). He llorado mucho con este último, pero muchísimo. El otro me ha angustiado bastante. El tercero, menos mal, se lee solo y, sin ser la alegría de la huerta, me ha parecido una lectura fácil. Se titula ‘La mitad evanescente’ de Brit Bennett: dos hermanas gemelas negras desaparecen de su pueblo, un pueblo especial donde todos los negros tienen la piel clara. Intriga, racismo, y lazos familiares. Muy vendido. Lo entiendo. Se lee fácil, engancha y tiene algo que contar. Podría ser lo que llaman un libro de verano. Aunque me he dado cuenta de que en verano aún leo más drama. Es un poco lo mismo. En Madrid, me imagino en la playa leyendo algo ligero, sonriendo, tomando una cerveza. Y luego estoy allí tumbada, con esa paz que me da el mar, y mi cerebro va a mil por hora, necesito cosas densas, dramas, historiones… Y la cerveza, pues sin más. Un vino. Tinto. Mejor no me des la botella porque se la estrello en la cabeza de ese imbécil que no deja de poner reggaetón.

De pequeña, cuando íbamos al vermú, S. y yo siempre pedíamos un Kas Naranja y una croqueta. Al principio, ella se emocionaba y bebía y comía muy rápido. Entonces acercaba su vaso al mío y veía que me quedaba mucho más. Lo mismo con la croqueta. Acto seguido, dejaba de comer y de beber. Se hacía la entretenida, hasta que yo casi había terminado lo mío. Entonces ponía los dos vasos al lado y me decía:

-          ¡No te queda casi nada!

Esos son los que se van de vacaciones en septiembre.

Un año yo también me fui en septiembre. No unos días, sino tres semanas completas, el grueso. Me las daba muy feliz enseñándole a la gente que me quedaba toda la croqueta pero no fue tan maravilloso. Se me hizo el verano muy largo mientras todos se iban. Tuve que aguantar las bajas de mis compañeros en el trabajo. Ver sus fotos. Admirar sus morenos. Estaba muy cansada cuando me fui. Tampoco me acompañó el clima en mi viaje. Y según aterricé, era otoño y ya nadie llevaba sandalias. Tuve la sensación de que me habían robado el verano.

La técnica de S. con el Kas naranja y la croqueta nunca me daba envidia porque yo ya estaba saciada. Me daba igual. No me pasa con las vacaciones. No me sacio. Pero sé que irme ahora es un plan que me funciona de lejos, en abstracto. Si pusiera foco y, siendo sincera, yo no me iría a vivir a la casa de los Durrell.

P.D. 1 S. ni se te ocurra leer ‘Ha pasado un minuto y queda una vida’ de Gabriela Consuegra. No vas a parar de llorar. Si no me haces caso y lo lees, llámame. Llevaré croquetas.

P.D.2 No recuerdo dónde lo vi y no he podido comprobar que sea verdad pero no hace falta. Como la ficción, la cita funciona igual aunque no sea cierta. Leí que la gran Fran Lebowitz decía que nunca había sentido envidia desde que se dio cuenta de que para tener una cosa de una persona, por ejemplo, su altura, tienes que tener todo lo demás: sus depresiones, su mal carácter, o incluso sus padres. No valdrían los tuyos porque tu altura depende de esa genética. Si envidias algo de una persona, te toca el lote completo. No solo la parte que te gustaría. Y que eso le había hecho no tener envidia nunca de nadie. Así que pensad en eso cuando veáis las fotos en IG de los de septiembre. Y recordad vuestro verano.

P.D. 3 Y, por favor, no pongáis nunca música en la playa si hay alguien cerca.