Un puñaíto

No tengo mucho que contar en esta newsletter. Estoy más de pensar que de hablar.  Es porque he viajado a casa y eso es viajar para adentro también. Casa siempre es el mismo sitio. Por muchas en las que viva. Creo que son diez casas en Madrid. Llevo casi 21 años fuera de aquí pero en mi teléfono pone CASA y es el número de mis padres, el fijo. Aquí es Pamplona. Madrid es allí.

Volver siempre es un viaje doble. No sé si la gente que vive en la misma ciudad en la que nació tiene acceso a estos viajes interiores al pasado. Algunos sitios no he vuelto a verlos en 20 años. Pasé por ese kiosco de chucherías donde compré mis primeros cigarros sueltos y se me cortó la respiración.


No es nostalgia, o sí. La nostalgia tiene mala fama. Como si recordar implicará no avanzar o pensar que aquello fue mejor. No es eso. Pero es la leche poder recordar quién fui con 16 años. Tener la foto, el fogonazo. Pidiendo un cigarro Nobel suelto ahí, con mis Bonaventure de botón azul y mi jersey gris de pico, o la minifalda de ante de tablas. Siempre llovía cuando me la ponía. No me daba cuenta de que llovía siempre, sin falda también. Como cuando me planchaba el pelo. Siempre llovía y hacía fresco.

En ese café pasé años. Se llamaba Alt Wein y era precioso y francés y literario. Yo me creía casi bohemia y moderna e internacional ahí tomando un café melange, siendo de Pamplona en los 90 después de salir de estudiar en un cole de monjas, lo que implicaba bastante grado de imaginación y algo de autoindulgencia.

Todo lo que pensaba, lo que era. Cómo algunas cosas se han transformado y otras siguen iguales, no las físicas, me refiero a las que soy yo. Es otro tipo de viaje, hacia dentro. Imagino que quien veranea siempre en el mismo sitio también tiene ese doble viaje. Al lugar y al pasado, a la persona que fuimos. Me pasa aquí y en Benidorm. También en algún barrio de Madrid. 21 años dan para producir recuerdos en esta ciudad que me adopta. Aunque siga siendo allí.

Me crucé con una compañera del colegio y no nos saludamos. A ver, hace igual 30 años que no la veía. Me costó ubicarla en mi memoria. Pero podría haberme acercado luego. No lo hice. Qué habrá pensado. Probablemente en ella misma. Como todos. Pasamos mucho tiempo preocupados por lo que piensan los otros y los otros están pensando en ellos mismos. Igual ella está como yo: “Seré imbécil.  Tendría que haberla saludado”. Igual no me reconoció. 30 años son muchos.

Hace una semana fui a casa de una tía de mi madre. Cumplía 105 años. A pesar de que le falta vista y oído sigue la cabeza ahí completa, funcionando, la inteligencia, la memoria, la coquetería y la ilusión por la lotería. Debe de ser un gen familiar. Es como si pagáramos por ir al cine. Y en la película nos toca un pastón para compartir e irnos a vivir a la playa.
-Tita, que tengo ya 42 años- le contesté cuando me dijo que estaba como siempre.
-Niña, esos son solo un puñaíto.

Ojalá tenga razón. Y me quede mucho viaje, y mucho volver.

P.D. Hola Ana. ¿Cómo te va? Me alegro de haberte visto.