Quiero pájaros

La cafetera. El telefonillo suena muchas veces en casa. El señor que recoge las hojas. Me da ganas de matarlo porque las hojas no se caen solo en otoño, no, en mi barrio se caen por la mañana y, a veces, por la tarde en junio, y en enero también, eso, o ese señor tiene un TOC... Coches. Sirenas. Tengo un vecino que solo limpia si se pone música de los 80 a todo trapo. Pájaros. Cotorras. Perros. Niños. Mi hija. La tele. El payaso Plin Plin. El ascensor. Picarazas que ahuyentan a un gato callejero. Una motillo. Otra vez el telefonillo. Llega el cartero. Me acerca una caja de cartón a la mano:

-          Señora, esto es droga.

Casi me atraganto. ¿Cuándo he pedido yo droga a Amazon? Y, sobre todo, ¿desde cuándo vende Amazon droga? Me pasa un paquete. No consigo recordar qué he comprado. Dudo porque se me da fatal comprar online. Echo cosas al carrito sin ton ni son. Me equivoco de tallas. Una vez compré el mismo vestido tres veces. Pero, ¿droga?

-          Yo me envicié en Alemania. Y desde entonces les soy fiel.

En serio, ¿qué cojones he comprado? No sabía yo que los alemanes fueran tan liberales. Sonrío mucho y muevo la cabeza de arriba abajo como si supiera de qué me habla. Igual que cuando alguien me explica la nueva factura de la luz.

Trato de adivinar por la caja de qué tipo de droga hablamos y lo que pesa el paquete porque, cuanto más pese, más años de cárcel.

-          Es que no hay nada como esas sandalias.

Gracias, Señor, estamos hablando de sandalias y no de cocaína. Era tan solo una metáfora de un cartero con adicciones peculiares, y yo diría que exceso de confianza, pero yo soy navarra y he aprendido, viviendo en Madrid, que este límite lo tengo que ampliar. O callarme. Me callé.

Después vino un discurso acerca de las bondades de las Birkenstock, su fortaleza, su suela, su adaptación de anchos, la plantilla para los metacarpos (creo que dijo). Ambos llevamos desde hace años comprando sandalias y zuecos de esta marca que él conoció cuando vivió en Alemania. Yo en Benidorm. Nos hicimos un poco amigos. Aquí os digo señores de Birkenstock que os estáis perdiendo un gran embajador, con una alta movilidad además.

Más pájaros. Los niños en los columpios. Un balonazo. Patines. Platos que chocan. El chup-chup de alguna fritanga. Gritos. La tele. Baja el sonido. Las siestas. Afortunados.

El señor de las hojas otra vez. No lo entiendo. No hay viento. ¿Qué hojas han caído desde esta mañana? Me asomo por la ventana. Oigo hablar a un repartidor con mi portero en tono amigable sobre la factura de la luz. Mi portero es un ninja. Ya antes de esta factura nos tiene sometidos a su súper velocidad de movimiento. Hay porteros cotillas y hay porteros ultrarrápidos. A mí no me da tiempo a salir del ascensor y abrir la puerta de casa en lo que dura el temporizador de la luz del descansillo. Necesito pulsar unas tres veces el interruptor para llevar a cabo todo el proceso, que básicamente consiste en abrir mi puerta. Lo mismo en el garaje. Voy andando hasta el botón que está a unos 3 metros de mi plaza. Vuelvo, abro el maletero. Se apaga. Y así en un bucle infinito. En cambio, él se pasa el día por la finca sin problemas. O es un ninja o ve en la oscuridad.  No quiero ni imaginarme cómo será ahora la cosa que han subido la luz. A él no le importa porque es un portero ultrasónico, pero yo que soy una mujer a revolución normal, pues estoy jodida. O llevo siempre linterna o vivo a oscuras.

Los aspersores. Las charlas de las cenas. Un estornudo. Pájaros nocturnos. La tele. Risas. Lloros de niños que se van a la cama. Una motillo. Madrid tiene motillos a todas horas. Casi como señores que recogen las hojas. Y luego ese zumbido que es la ciudad. O  igual los centrifugados de todas las lavadoras de España.  Eso decía mi portero. O algo así porque empezó a sonar Blackbirds en mi salón y ya no recuerdo más.

Se me han colado pájaros por todos lados esta semana. Primero, los escuché entre los ruidos de la ciudad con este ejercicio que me he propuesto: escuchar algunos minutos desde mi ventana. Y resulta que hay pájaros todo el rato. Más que señores recogiendo las hojas pero claro, me ando centrando en lo que abulta, y en realidad, la vida va del ruido de fondo. Los grandes hitos importan pero es el ruido de fondo lo que me hace sentir bien o mal.

Y me acuerdo de Miki Naranja que amaba los pájaros y sabía hablar de ellos con tanta ternura.

Quedarse en las personas
como el vencejo
se queda en los alféizares.  ㅤ
Situando la expectativa
del nido, firme, ㅤ
anclado a la cornisa.
Dejando el cielo raso,
libre,ㅤ
abierto a mis espaldas.

Busco entre mis libros: “Cosas que los nietos deberían saber” el libro que el cantante de Eels publicó acerca de su vida. Bonito y tierno, y duro y con pájaros en la portada.

“Soy hijo de un humilde mecánico. De alguien dedicado a la mecánica, vaya. A la mecánica cuántica. A mi padre, Hugh Everett III, autor de la teoría de los universos paralelos, lo conocí como un hombre callado durante los 18 años o así que convivimos en la misma casa. Por lo visto, vivía deprimido por una infancia infeliz y porque sólo muy tarde (demasiado tarde) se había reconocido su genio. He aprendido mucho sobre él tras su muerte, a través de libros y revistas, mucho más de lo que podría haber aprendido nunca del centenar de frases que me dirigió durante aquellos 18 años”.

A Mark Oliver Everrett le gustan los pájaros y cuenta sus desgracias en esta autobiografía con humildad, humor y ternura.

"Sí, había pasado por situaciones bastante terribles. Pero tampoco podía cerrar los ojos a las cosas maravillosas que también me habían pasado. Las circunstancias me han llevado a donde estoy, y ahora soy un poco más sabio, y la vida está llena de sorpresas. Todo puede cambiar en cualquier momento. Apenas hace falta un segundo para que tu vida cambie por completo."

Joan Didion dice exactamente lo mismo en uno de mis libros preferidos “El año del pensamiento mágico” sobre la muerte de su marido que falleció de un infarto delante de ella.

“La vida cambia deprisa.
La vida cambia en un instante.
Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba.
La cuestión de la autocompasión.

Estas son las primeras palabras que escribí después de que pasara”.

Es un libro que trata de buscar una descripción casi aséptica de su duelo para curarse, para encontrar refugio, para entenderse. Está bien escrito y con una claridad mental que yo quisiera para mí, más que el súper poder de mi portero de ser un ninja.

“Un pajarito caerá muerto congelado de una rama
sin nunca haber sentido lástima de sí mismo”.

Pájaros, quiero pájaros de ruido de fondo. Pero, sobre todo, quiero ser capaz de oírlos. Que parece ser lo difícil.