Fuera de la oficina

Ni 'espíritu de sacrificio', ni 'afán de superación', ni 'aspiración a la excelencia'. Ni ningún respeto o simpatía por tales cosas.
Iñaki Uriarte (Diarios 1999-2003)

El ejercicio de verdad que prometí aquí pero que, sobre todo, me andaba prometiendo a mí misma, me tiene todo el rato contra las cuerdas. Ni una me paso. Soy súper cansada.

El lunes, al ir a escribir el mensaje de respuesta automática de mi trabajo puse: “Estaré fuera de la oficina hasta el 11 de abril”. Barajé otras opciones: No tendré acceso al correo. No estaré disponible.  Tendré acceso limitado al mail.  Eufemismos que he leído mil veces para no decir la verdad: “Estaré de vacaciones”.  

También dudé sobre escribir la franja completa de días. Hay gente que pone el día de vuelta el viernes, aunque no trabaje ni ese sábado ni el domingo. Suena a menos vacaciones. Menos vagancia. Hay gente que ni siquiera pone respuesta automática. Que nadie se entere de que no estoy.

Me dije, porque soy súper pesada y me hablo mucho: “Amaya, merecidas vacaciones”. Y también me dije: “¿Acaso debo merecerme vivir? ¿Es obligatorio esforzarse, madrugar, producir para vivir?”.  Esto me lo dije con los brazos en jarras porque me va el drama.

¿Qué nos pasa con el trabajo? Con la entrega, con la dedicación, con la productividad… Incluso en el ocio, parecemos buscar una utilidad a lo que hacemos. Todo nos tiene que servir para algo.

Pero he venido a ser sincera. Hace tiempo que al oír “mira qué trabajador es” ya no me parece un cumplido. Me empieza a parecer una carencia. Le pasa algo, pienso. Algo no funciona ahí. Hace tiempo que creo que esa entrega al trabajo es restada de otro lado: de los amigos, de los padres o los hijos, del ocio, de los libros, de pasear, nadar, o de no hacer nada, que también es importante. Se resta de ahí. O es justo porque eso falta.

Por eso tengo un guía espiritual y un libro profano en el que creer: Iñaki Uriarte y sus diarios que reúnen las reflexiones de un tipo que ama los gatos, los libros, Benidorm y que no ha trabajado ni solo día en su vida. Claro, que se lo debe a un piso heredado que le permite vivir modestamente del alquiler (ejem, truco).

“Put some potatoes in the machine”. Esta frase es lo que se me ha quedado de la única semana que trabajé en serio en mi vida. Fue en Londres. Me la decía todos los días al llegar al restaurante el jefe de cocina. Yo era su pinche. “Por algunas patatas en la máquina”. Se trataba de una máquina que pelaba las patatas en una especie de lavadora. A la semana de estar allí me corté un dedo, seguro que a las órdenes de mi inconsciente. Tuve que dejarlo.

A nada de lo que he hecho luego para ganar algún dinero le puedo llamar en serio trabajar. A aquellas tardes en la Biblioteca del Carmen, en Barcelona o a aquellas noches en el servicio de documentación del periódico Pueblo, en Madrid, redactando enciclopedias, no las puedo considerar estrictamente como tiempo de trabajo. A lo que he hecho en Bilbao más tarde para El Correo, menos. Nunca he tenido un salario, ni horarios, ni he estado en nómina. Nunca he sito un “verdadero ciudadano de la sociedad política capitalista”. Y esto ha tenido muchas ventajas y algunos inconvenientes.

“Amaya, con tanta gente en paro, que necesita un trabajo, cómo vas a hacer apología del aburrimiento”. Ya os he dicho que soy súper cansada y me contesto aunque al menos no pongo voces. Es dinero lo que necesitan, no un trabajo. Prueba a trabajar mucho sin recibir dinero. No se puede vivir. En cambio, al contrario, no trabajes nada pero recibe dinero. Sí que se puede. Si encima es mucho dinero, se puede encima de un barco, en una isla griega, en la Patagonia…

Leo cosas por aquí y por allá que parecen una tendencia hacia esa nueva concepción del trabajo. Este artículo en el que las grandes consultoras tienen muchos problemas para encontrar gente joven que quiera trabajar con ellos porque alcanzan picos de 80 horas semanales y una media que anda entre 40 y 60. O este libro Work Won’t Love You Back: How Devotion to Our Jobs Keeps Us Exploited, Exhausted and Alone (El trabajo no te amará: como la devoción por nuestros trabajos nos mantiene explotados, exhaustos y solos. O Feria (newsletter 3) en el que Ana Iris Simón habla de la trampa de los trabajos vocacionales mal pagados que sufren los millennials.

Cambié mi respuesta automática a mitad de semana y puse “estoy de vacaciones”. Quería poner ¡yija! Pero pensé que igual no todo el mundo iba a entender el tono. No es mucho pero es mi granito de arena para sumar a la tendencia. No somos mejores personas por trabajar más, ni siquiera trabajamos mejor por dedicarle más horas. Igual es justo lo contrario. En ambos casos.

"Me gusta el tiempo lento, no presionado por ninguna urgencia, casi diría que al borde del aburrimiento". (Iñaki Uriarte, Diarios)

A mí también, Iñaki. Y si no sois de esos: leed, construid, pintad, escribid, ayudad, bailad, amad… Pero idos de vacaciones de tranquilos.


Como HE ESTADO DE VACACIONES (súper cansada, lo sé) he leído bastante.

Aquí van tres novelazas que creo que recomendaré sin parar y una diferente.

Olive Kitteridge de Elisabeth Strout. Es la historia de Olive una maestra retirada y cómo se enfrenta al envejecimiento pero, en realidad, es la historia de todo el pueblo: de un hijo depresivo, una nuera soberbia, de un médico negro idealista, de adulterios, enfermedades, problemas familiares… Todos se conocen y se van entrecruzando con Olive. Tiene humor y una sensibilidad muy especial para entender al ser humano.  Y hace una cosa que me encanta. No me lo explica todo. Me deja hueco para que interprete yo lo que les sucede a los personajes o lo que piensan. Ya había leído de ella un par. Acierto seguro.

El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers. Me acabo de dar cuenta de que el médico negro idealista es de esta novela. Esto me pasa a cuando leo dos libros a la vez que se parecen: son dos novelas río. Voy mezclando personajes y me hago un lío. A veces la experiencia lectora mejora aunque me resta bastante credibilidad cómo recomendadora de libros. Este va de Singer un hombre sordo y los personajes con los que se cruza para los que se convierte en su amigo ideal. Carson también tiene una sensibilidad especial para entender y contar eso que nos hace humanos. Lo escribió con solo 23 años en 1940 y retrata las desigualdades, las pasiones, la frustración, la soledad... Es fácil de leer y un clásico de la literatura.

Hamnet, de Maggie O’Farrell. Es la historia fabulada de un hijo de Shakespeare pero, en realidad, trata sobre su increíble mujer, su fuerza, su apoyo, su intuición. También va del egoísmo y la pulsión artística. Te inflas a llorar. Pero es preciosa. Consigue que vivas en esa época. La hueles incluso.

Las madres no, de Katixa Agirre. La separo porque es muy distinta a las otras. Una escritora que acaba de tener un bebé se sumerge en la historia de una antigua conocida que mata a sus dos gemelos todavía bebes. Una reflexión sobre la maternidad, los cuidados, el tiempo personal, el supuesto egoísmo de querer ser algo más que madre. Y también sobre la maldad.


PD.1 No hablo de todo lo que leo, solo hablo de lo que leo y me gusta. No soy muy exigente tampoco, esa es la verdad. Me gustan los buenos libros pero a los medianos también les saco chicha. No necesito artefactos perfectos. A veces un solo personaje o una frase me sirve para salvar un libro. Normalmente, porque me han emocionado.

PD. 2 Un perfume para esta época del año: French Lime Blosson de Jo Malone. Huele sobre todo a tilos. Si tuviera que quedarme solo con 5 perfumes para el resto de mi vida (digo 5 porque con menos me parece una tristeza total) estaría entre ellos.

Llevaba sin poder comprarlo unos dos años. Me quedaba un pelín de mi último frasco que solo me echaba en la muñeca para olerlo yo. Dejaron de venderlo y no pude encontrar ningún bote. Ante mi desesperación de tienda en tienda, una dependienta me confesó que Isabel Preysler los había comprado todos cuando se enteró de que dejaban de venderla. Limpio, jabonoso, con algo de bergamota y petit grain al principio, bien de tilo y lirio del valle. Dicen que lleva jazmín y rosa pero yo no los pillo. 

Los tilos son unos árboles fáciles de encontrar en las ciudades, con una flor amarilla que cuelga boca abajo y para mí huele a la promesa del verano, a los primeros días de calor, que es cuando florece. Esta semana vi que los de mi casa han echado ya las hojas. Ahí viene el verano. O casi. Y me puse a buscar el perfume de segunda mano en Internet pero ¡Isabel! ¡Lo vuelven a vender en la web! Vale 113 euros 100 ml. Caro. Lo sé, Isabel, aunque no creo que después de haberte comprado todos los botes eso suponga un problema.  

A pesar del precio, los tilos apenas duran 3 semanas en flor, y este perfume puedo olerlo durante todo el año. Dispongo a mi antojo de una promesa de verano. ¿Cuánto vale eso?

“Tienes buena cara”. Tener buena cara es un índice bastante exacto de que uno pasa por buen momento. Cada vez que nos viéramos mala cara en el espejo, deberíamos hacer algo de lo que nos suele llevar a tener buena cara. No por coquetería, sino como un verdadero cuidado del alma. 

Iñaki Uriarte (Diarios 1999-2003)