Oct 10, 2021 • 2M

El arrepentimiento

Amaya Ascunce
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Me arrepiento de cosas. De cosas que hago, que hice, que digo y que diré. El arrepentimiento tiene mala fama en nuestros días. Nadie se arrepiente de nada de su pasado. “Lo que me ha pasado me ha llevado hasta ser quién soy ahora”, como si eso fuera solo algo bueno.

Bueno, igual si hubiera tomado otras decisiones ahora sería multimillonaria. O más feliz. O incluso mejor persona porque estaría menos resentida. Pero, no, nos decimos que cualquier cambio podría modificar el presente que tenemos.

Yo creo que hemos confundido la aceptación de lo que nos sucede, algo sano y necesario, con una defensa de que es lo mejor que nos podía pasar. Como eso de “Lo que sucede, conviene”. Chorradas. Depende de lo qué suceda. Pero la única manera que tenemos de aceptar y pasar página es decir que pasa por algo, incluso de que nos servirá para algo. Solo faltaba que encima no sacáramos un mínimo aprendizaje de nuestros errores o fracasos. Pero si puedo elegir, prefiero que solo me pasen cosas buenas, que me hagan feliz, y aprender menos en la vida. Esto también. No pasa nada. ¿Sabré menos pero seré más feliz? Lo compro.

Yo me arrepiento de cosas. No pierdo el tiempo pensando qué hubiera pasado si esto o lo otro. Eso es otra cosa. Pero no me miento. Podía haber tomado mejores decisiones y, a veces, con solo haberlas tomado antes, ya me hubiera ido mejor. ¿He aprendido de esos sucesos? Claro. ¿Me sirve ese aprendizaje para un futuro? Pues, mira, igual no.  ¿Me arrepiento de no haber comprado bitcoins en 2015 cuando lo intenté, pero lo dejé por miedo montar un monedero en mi máquina? Por supuesto, coño. ¿Ha aprendido algo? No. ¿Me sirve para algo? No.

Hablo de dinero porque es lo más sencillo. No solo por qué esté obsesionada con ser rica, que también. Yo me abro en canal en estas cartas pero no soy una kamikaze. No voy a escribir delante de más de siete mil personas (la mayoría desconocidas) mis arrepentimientos emocionales. Son más sencillas las confesiones financieras.

Ese convencernos de que “lo que sucede conviene” me resulta raro desde niña. Veía a los adultos defender cosas indefendibles. Gente que decía que su casa les gustaba más que una en primera línea de playa porque así se obligaban a andar más.  O que no tuviera mucho espacio porque no necesitaban tantas cosas y tardaban menos en limpiar. Que decían preferir un trabajo aburrido porque así no tenían que estresarse ante los retos. O una casa interior porque era más caliente. Cosas absurdas hasta para una mirada infantil. Como esos que dicen que las terrazas son muy sucias. Y que es mejor no tener una. Ajá.

Entiendo el mecanismo de supervivencia: creerse que lo que uno tiene es lo mejor. Que en realidad no ha sido cuestión de suerte tener ese u otro trabajo, ese u otro marido, esa casa, esa vida, esos amigos... Contarse la milonga de que lo eligen.  Les sigo viendo a mi alrededor. Yo misma a veces lo hago. Transformamos las cosas que nos suceden en algo más. Les damos significado. ¿Somos más felices por ese autoconvencimiento? ¿O solo más mediocres?  ¿Nos consolamos? ¿De verdad creemos que si cambiamos una sola cosa, pasará como en ‘Viaje al futuro’ y todo será peor y más chungo y habremos alterado para siempre nuestro destino y el de los que queremos? ¿O nos morimos de miedo al pensar que sí, que hay otros caminos posibles y que nosotros podemos ser responsables de ellos?

Creo que la filosofía del falso optimismo ha hecho mucho daño. Hay que saber que nos equivocamos. Que tenemos mala suerte. Enfermedades. Y que nuestra vida hubiera sido mejor sin algunos de esos sucesos. Y nosotros también, porque no siempre se sale mejor de un suceso traumático. Y no todo son cosas externas. Nosotros mismos podríamos haber tomado mejores decisiones, o simplemente haberlas tomado antes.

Lamentarse no sirve de mucho, pero engañarse de menos. ¿O sí? Esos adultos que yo veía convencerse de milongas ¿las creían de verdad? Porque entonces esta newsletter no sirve para nada y lo que tengo hacer es centrarme en saber mentirme lo suficiente como para solo querer lo que tengo, lo que me sucede y lo que hice en el pasado. Da igual lo que decida. Porque será bueno para mí. ¿Funciona así?  

P.D.1: Por cierto, arquitectos, todo el mundo debería tener derecho a un balcón o una terraza a falta de un trozo de tierra. Dejad de hacer miradores, y barandados y miles de ventanas chiquiticas. Premio para el arquitecto que haga una casa mezcla de bajos con jardín, primeros con patio y áticos con terraza. Fin del spam inmobiliario.

P.D.2: Qué posdata más rara.

P.D. 3 Todos estos runrunes son culpa del libro Estaciones de Regreso de Jacobo Bergareche aunque el libro no habla de esto realmente. Pero habla del arte, del dinero, del fracaso, de equivocarse, del duelo, de la educación sentimental, de cómo se construye una personalidad… Y parece que lo hace con sinceridad. Cuando leo cosas así me obligan a ser más sincera conmigo misma. ¿Me jode? Sí. Pero también por eso leo.

Os dejo algunos fragmentos leídos en el player de arriba.