Supersticiones y respeto

Audio: prefacio del libro Tienes que mirar, de Anna Starobinets.

  
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Cuando acabo un libro, lo devuelvo a la estantería pero, a veces, me cuesta separarme físicamente de él y se produce un remoloneo en ese recorrido al montón de los libros leídos. No es algo místico. Es una tontería pero me lo dejo pegado, debajo de lo que sea que esté leyendo ya. Unos días. No es que piense en volver a abrirlo siquiera. Pero me reconforta ver su portada, y dedicarle unos segundos al día, cuando paso por el salón, o me siento a ver la tele o recojo un café frío, a recordar la historia que tiene dentro. Es una forma de respeto. Sé que suena algo absurdo, pero tampoco puedo apagar la radio del coche en mitad de una canción que me guste, porque siento que falto al respeto de esa obra que me ha hecho feliz en algún momento de mi vida. Si me veis en mitad de un parking mirando a la nada con toda seguridad estaré dejando que acabe alguna canción que tenga un significado para mí. Espero que sea por eso. Todas las otras opciones para estar sola en un parking mirando la nada me parecen peores.

No hablo de una canción cualquiera, hablo de unos de esos greatest hits vitales que nada más oírlos me llevan a otra época, esa canción que he escuchado igual 40 veces seguidas, venga, vale, 140. No estoy sentada ahí escuchando La gozadera, o igual sí, a lo largo de una vida hay tiempo para obsesionarse con cualquier tipo de canción. Y me parece bien.

Pues, aquí, a mi lado, sigueTienes que mirar’, de Anna Staroninets.

No es tampoco un libro cualquiera. Anna ha escrito una de esas historias personales de las que no se habla, o se habla bajito. Cuenta lo que tuvo que pasar para enfrentarse en Rusia a un aborto a las 20 semanas al descubrir que su hijo no podría sobrevivir al nacer porque tenía un crecimiento anormal de los riñones. Cuenta su camino entre diagnósticos, hospitales, ginecólogos y clínicas hasta encontrar un lugar donde se sintiera entendida y atendida con compresión y dignidad. También escribe sobre los ataques de pánico que sufrió después del aborto y su proceso de curación.

Me cuesta recomendar libros tristes porque parece que estuviera diciendo: “Adelante, pasa cuatro horas de pena, tristeza y angustia. Ya verás qué maravilla”. Por supuesto, no es eso. Algunos libros consiguen iluminar cosas de las que no se habla, les dan visibilidad, y con eso yo consigo la empatía para entenderlas o la compañía en mis propios procesos. Lo que te deseo, cuando te recomiendo un libro triste, es esa comprensión o, si lo necesitas, saber que no estás sola, que hay otras mujeres que pasaron por ahí. Mujeres que recibieron en una consulta un seco ‘no hay latido’, un ‘hay un problema’, un ‘algo no va bien’, un ‘se ha parado’ y también un ‘no ha agarrado’. Mujeres que leyeron todos los foros posibles de Internet buscando respuestas, culpables, estadísticas, síntomas, diagnósticos, explicaciones y, sobre todo, esperanza. Mujeres que leen todos los libros que iluminan ese rincón de su historia porque es una parte muy complicada de sanar.

Anna dice después de haber recibido el diagnóstico en el hospital:

“Nunca vaya a sitios así sola. Lleve a su marido, a su amiga, al marido de su amiga, a su madre, a su tío, a su hermana, a quien sea, incluso a la vecina de al lado. Llévese a cualquiera que la ayude a encontrar la salida. No la salida definitiva, simplemente la salida del edificio.”

Yo he ido sola a sitios así. Y fue un error.


PD.1 No están todas, pero aquí hay algunas de las canciones que me sería imposible apagar a medias. La playlist se llama ‘la lista obsesiva’ porque, hombre, algo, igual sí.


PD.2 Sí, he hecho un bodegón medio mono para poner en la foto de portada como si esto fuera Instragram y yo no me hubiese prometido ser de verdad yo misma en estas líneas, bueno, y un poco en la vida también. Este es el montón de libros que estoy leyendo el su sitio real. Con su radiador y un café frío que siempre está cerca. Me puede el puto cuquismo.


PD.3 Si tú eres una de esas mujeres, estos son otros dos buenos libros. No hace falta que te diga que son tristes.

El nadador en el mar secreto de William Kotzwinkle.

La hija única de Guadalupe Nettel