El arrepentimiento

  
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Me arrepiento de cosas. De cosas que hago, que hice, que digo y que diré. El arrepentimiento tiene mala fama en nuestros días. Nadie se arrepiente de nada de su pasado. “Lo que me ha pasado me ha llevado hasta ser quién soy ahora”, como si eso fuera solo algo bueno.

Bueno, igual si hubiera tomado otras decisiones ahora sería multimillonaria. O más feliz. O incluso mejor persona porque estaría menos resentida. Pero, no, nos decimos que cualquier cambio podría modificar el presente que tenemos.

Yo creo que hemos confundido la aceptación de lo que nos sucede, algo sano y necesario, con una defensa de que es lo mejor que nos podía pasar. Como eso de “Lo que sucede, conviene”. Chorradas. Depende de lo qué suceda. Pero la única manera que tenemos de aceptar y pasar página es decir que pasa por algo, incluso de que nos servirá para algo. Solo faltaba que encima no sacáramos un mínimo aprendizaje de nuestros errores o fracasos. Pero si puedo elegir, prefiero que solo me pasen cosas buenas, que me hagan feliz, y aprender menos en la vida. Esto también. No pasa nada. ¿Sabré menos pero seré más feliz? Lo compro.

Yo me arrepiento de cosas. No pierdo el tiempo pensando qué hubiera pasado si esto o lo otro. Eso es otra cosa. Pero no me miento. Podía haber tomado mejores decisiones y, a veces, con solo haberlas tomado antes, ya me hubiera ido mejor. ¿He aprendido de esos sucesos? Claro. ¿Me sirve ese aprendizaje para un futuro? Pues, mira, igual no.  ¿Me arrepiento de no haber comprado bitcoins en 2015 cuando lo intenté, pero lo dejé por miedo montar un monedero en mi máquina? Por supuesto, coño. ¿Ha aprendido algo? No. ¿Me sirve para algo? No.

Hablo de dinero porque es lo más sencillo. No solo por qué esté obsesionada con ser rica, que también. Yo me abro en canal en estas cartas pero no soy una kamikaze. No voy a escribir delante de más de siete mil personas (la mayoría desconocidas) mis arrepentimientos emocionales. Son más sencillas las confesiones financieras.

Ese convencernos de que “lo que sucede conviene” me resulta raro desde niña. Veía a los adultos defender cosas indefendibles. Gente que decía que su casa les gustaba más que una en primera línea de playa porque así se obligaban a andar más.  O que no tuviera mucho espacio porque no necesitaban tantas cosas y tardaban menos en limpiar. Que decían preferir un trabajo aburrido porque así no tenían que estresarse ante los retos. O una casa interior porque era más caliente. Cosas absurdas hasta para una mirada infantil. Como esos que dicen que las terrazas son muy sucias. Y que es mejor no tener una. Ajá.

Entiendo el mecanismo de supervivencia: creerse que lo que uno tiene es lo mejor. Que en realidad no ha sido cuestión de suerte tener ese u otro trabajo, ese u otro marido, esa casa, esa vida, esos amigos... Contarse la milonga de que lo eligen.  Les sigo viendo a mi alrededor. Yo misma a veces lo hago. Transformamos las cosas que nos suceden en algo más. Les damos significado. ¿Somos más felices por ese autoconvencimiento? ¿O solo más mediocres?  ¿Nos consolamos? ¿De verdad creemos que si cambiamos una sola cosa, pasará como en ‘Viaje al futuro’ y todo será peor y más chungo y habremos alterado para siempre nuestro destino y el de los que queremos? ¿O nos morimos de miedo al pensar que sí, que hay otros caminos posibles y que nosotros podemos ser responsables de ellos?

Creo que la filosofía del falso optimismo ha hecho mucho daño. Hay que saber que nos equivocamos. Que tenemos mala suerte. Enfermedades. Y que nuestra vida hubiera sido mejor sin algunos de esos sucesos. Y nosotros también, porque no siempre se sale mejor de un suceso traumático. Y no todo son cosas externas. Nosotros mismos podríamos haber tomado mejores decisiones, o simplemente haberlas tomado antes.

Lamentarse no sirve de mucho, pero engañarse de menos. ¿O sí? Esos adultos que yo veía convencerse de milongas ¿las creían de verdad? Porque entonces esta newsletter no sirve para nada y lo que tengo hacer es centrarme en saber mentirme lo suficiente como para solo querer lo que tengo, lo que me sucede y lo que hice en el pasado. Da igual lo que decida. Porque será bueno para mí. ¿Funciona así?  

P.D.1: Por cierto, arquitectos, todo el mundo debería tener derecho a un balcón o una terraza a falta de un trozo de tierra. Dejad de hacer miradores, y barandados y miles de ventanas chiquiticas. Premio para el arquitecto que haga una casa mezcla de bajos con jardín, primeros con patio y áticos con terraza. Fin del spam inmobiliario.

P.D.2: Qué posdata más rara.

P.D. 3 Todos estos runrunes son culpa del libro Estaciones de Regreso de Jacobo Bergareche aunque el libro no habla de esto realmente. Pero habla del arte, del dinero, del fracaso, de equivocarse, del duelo, de la educación sentimental, de cómo se construye una personalidad… Y parece que lo hace con sinceridad. Cuando leo cosas así me obligan a ser más sincera conmigo misma. ¿Me jode? Sí. Pero también por eso leo.

Os dejo algunos fragmentos leídos en el player de arriba.

Principios

Todos sabemos que el año empieza en septiembre. La verdad es que yo me lo estoy tomando con calma y, si todo va bien, en un rato me estaré despertando en una isla, cerca del mar. Ando agarrada al verano. Y el verano a mí. Nos va bien aunque los dos sabemos que está relación está terminada. Nos seremos ni los primeros ni los últimos.

Pero según llegue a casa, prometo ponerme con todos los propósitos y todos los principios, que siempre son los mismos, para qué mentir, esa mochila incumplida que me sirve de carga y aliciente a partes iguales.

En honor a este gran principio que es septiembre he buscado los de algunos de los libros que más me gustan.

Aquí van:

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.

“Nací dos veces: fui niña primero, en un increíble día sin niebla tóxica en Detroit, en enero de 1960; y chico después, en una sala de urgencias cerca de Petoskey, Michigan, en agosto de 1974”. Middlesex, de Jeffrey Eugenides.

“Al día siguiente no murió nadie. El hecho, por absolutamente contrario a las normas de la vida, causó en los espíritus una perturbación enorme, efecto a todas luces justificado, basta recordar que no existe la noticia en los cuarenta volúmenes de la historia universal, ni siquiera un caso para muestra, de que alguna vez haya ocurrido un fenómeno semejante, que pasara un día completo, con todas sus pródigas 24 horas, contadas entre diurnas y nocturnas, matutinas y vespertinas, sin que se produjera un fallecimiento por enfermedad, una caída mortal, un suicidio conducido hasta el final, nada de nada como la palabra nada”. Las intermitencias de la muerte, de José Saramago.

"Jean McConville tenía treinta y ocho años cuando desapareció, y se había pasado casi media vida embarazada o recuperándose de un parto. Dio a luz a catorce hijos y perdió a cuatro de ellos; así pues le quedaron diez, de edades comprendidas entre los veinte años de Anne, la mayor, y los seis de los mellizos Billy y Jim. Traer al mundo a diez hijos, y no digamos ya criarlos, puede parecer una verdadera hazaña, pero hablamos de Belfast en el año 1972, donde eran habituales las familias ultranumerosas y desorganizadas, así que Jean McConville no aspiraba a conseguir ningún premio. Y ninguno le dieron". No digas nada, de Patrick Raddn Keefe.

“La vida cambia deprisa.

La vida cambia en un instante.

Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba.

La cuestión de la autocompasión.

Estas son las primeras palabras que escribí después de que pasara. El archivo de Microsoft Word (‘Notas sobre el cambio.doc’) lleva la fecha 20 de mayo de 2014 23:11, pero debe de ser porque abrí el archivo y pulsé «guardar» automáticamente al cerrarlo. En mayo yo no introduje ningún cambio en aquel archivo. Llevaba sin cambiar nada desde el momento en que había escrito aquellas primeras palabras, en enero de 2004, un día, dos o tres después de que pasara.

Estuve mucho tiempo sin escribir nada más.

La vida cambia en un instante.

El instante normal”.

El año del pensamiento mágico, de Joan Didion.

 “Estaba buscando un sitio tranquilo para morir. Alguien me recomendó Brooklyn, de manera que al día siguiente salí de Westchester y fui para allá a reconocer el terreno”. Brooklyn  follies, de Paul Auster.

“Un anciano en la popa de un barco. En los brazos sostiene una maleta ligera y una criatura, todavía más ligera. El anciano se llama Linh. Es el único que lo sabe, porque el resto de las personas que lo sabían están muertas”. La nieta del señor Linh de Philippe Claudel.

“Yo tenía doce años y un mes. Mamá nos llenaba los platos de cappelletti mientras nos explicaba que el útero es el principio de la modernidad. Sirvió el caldo de gallina y dijo:

—Aprendamos de Francia, con sus oleadas de sufragistas que han liberado las conciencias.

—Y las mamadas.

Aquello fue el punto de inflexión. Mi padre soplando en la cuchara mientras sentenciaba: “Y las mamadas”.

Mamá se lo quedó mirando.

—No vuelvas a decir esas cosas delante del niño.—Se le escapó una sonrisa triste.

Él siguió enfriando los cappelletti y añadió:

—Son una de las maravillas del universo”.

Actos obscenos en lugar privado, de Marco Missiroli.

Podría explicar de qué van, pero si esos principios no os han dado un motivo para leerlos no creo ser capaz de escribir nada que los mejore.

Os dejo, me voy a la playa. Aquí todavía es verano. Y por aquí, me refiero a esta isla o mi cabeza, vete tú a saber.

Necesito creer en la bondad en septiembre

El miércoles pasado en la piscina. Varios críos discuten sobre quién ha perdido. Gritos, enfrentamientos: “Has hecho trampas”. “No has llegado”. “Estabas mirando”. Una niña, delgadita y silenciosa, se ofrece. Ella no estaba dentro de los posibles perdedores pero quiere la paz:

—No pasa nada. Yo ya la llevo– dice con más dignidad que muchos adultos.

¿Cómo se hace para educar a un hijo a que sea esa niña?

El jueves en el AVE una chica bajaba las escaleras con un niño llorando colgado de su espalda, otro de la mano gritando, una maleta que le llegaba casi al pecho, un bolso enorme y un carro plegado. No hablaba mi idioma así que pensó que intentaba robarle cuando fui a cogerle el carro y la maleta. Dudó, y creo que en realidad le dio igual que le robara o le ayudara. Cualquiera de las dos la aligeraba. La entendí.

Era una de esas paradas rápidas del AVE que dan ansiedad porque crees que no te va dar tiempo a subirte al tren. Es como intentar meter la compra en las bolsas al ritmo que la cajera las cobra pero con personas humanas. Pregunté a una mujer rubia que iba detrás dónde tenía que dejar los bultos de aquella chica en el andén para ayudarla a subir al tren. Me miró con desconfianza como si pudiera robarle o estuviera a punto de timarla. Me indicó con la cabeza hacia donde debía ir. Ni una palabra me dijo. Aunque las dos hablábamos español.

En el andén, cargada como una sherpa y sonriendo a la chica que no entendía ni papa, me miré en el reflejo. ¿Cómo voy vestida para que todo el mundo crea que le quiero robar? Nada del otro mundo. No era la pinta. Si alguien se dirige a nosotros en la calle, ¿nos ponemos en modo defensa? ¿Lo hago yo? “No quiero nada”, “no llevo suelto”, “no tengo tiempo…” ¿Cómo se hace para no educar a una hija así?

Subí, dejé a la chica, los dos niños, todos sus bultos en su vagón y me fui al mío. La señora rubia estaba en el asiento detrás de mí. Me sonrió, como si su cerebro hubiera sido capaz de entender que no quería agredirla o molestarla. Se levantó y ayudó a un hombre mayor a colocar su maleta en el altillo.

Seguimos viaje. Como sabía que la chica se tenía que bajar en Zaragoza, cuando avisaron de la parada, me acerqué a su vagón y la ayudé a bajar todo. Un hombre, al verme volver a subir al tren otra vez, me preguntó:

—¿No son suyas las maletas?

—No, yo sigo hasta Madrid—le contesté.

—Tranquila, yo le ayudo ahora— Me sonrió. No debió verme pinta de ladrona.

Por la tarde estuve en una fiesta de cumpleaños. La cumpleañera sopló tres veces la tarta. Las dos primeras no le gustó cómo quedaba la foto de Instagram. Cantamos tres veces. Con lo difícil que es entonar bien esa canción. ¿Cómo se hace para no educar a una hija así? ¿Para que no le importe la foto?

Más cosas. He renovado del DNI. Combato como puedo el espíritu de este mes y he intentado sonreír en la foto. Pero tiene que ser poco. No sirve si la sonrisa deforma los gestos habituales me dijo el señor policía. Por favor, no sonría tanto. Como si la sonrisa no fuera un gesto habitual. Ojalá colarse por los controles porque los sistemas de identificación fallan: “No puede ser ella, demasiado sonriente”. Me iba a poner una chaqueta por no salir en tirantes en la foto pero pensé que era una declaración de intenciones tener la foto de DNI de verano. Morena, (medio) sonriendo y en tirantes. Para otros 10 años. Hecho.

¿A dónde quiero llegar con todo esto? A ninguna parte. Me dio ciática por llevar todos esos bultos. Salgo fea en la foto. Y me importa. La vida es así. Y septiembre, más.

P.D.1. La imagen es de Fabrice Malzieu, y la miro estas tardes cuando leo en el sofá Open de Andre Agassi, que es una gozada de memorias (incluso para mí que no tengo ni idea de qué es un set). Va de jugar al tenis y odiarlo, de ser muy bueno en algo, de tener una educación de mierda, mucho talento, de su padre, su madre, sus hermanos. Bueno, y algo de tenis, pero poco. La fotografía la venden en Yellow Korner y hace años que me acompaña mientras leo, se llama Flots Varanges y no tengo ni idea de qué significa. Pero yo creo que ella sonríe.

Los de septiembre

Vengo solo con descartes como casi todos a estas alturas. Seguimos agarrados al verano, pero ya está aquí septiembre. Lo sabemos. Incluso los que se van ahora de vacaciones.

Está Corfú a tope. Mucha gente ha visto la serie de Los Durrell y ha soñado con esa casa (esa vida)  en meses de cuarentenas, toques de queda o confinamientos perimetrales.  Pero, ¿lo harías?, ¿te irías a vivir a la casa de los Durrell?

No me refiero a que quieras poseer la casa, ir de vacaciones, los puentes, y algún mes perdido. Digo vivir. Y no, ahora, sino cuando se fueron los Durrell a un país lejano, con peores comunicaciones, menos urbanizado, sin trabajo, sin dinero, una mujer sola. Yo creo que soñamos demasiado con planes que funcionan bien si los ves de lejos. Pero si haces foco, pues ya es otra cosa.

Me ha pasado con Benidorm. Pese a su fama, para mí Benidorm es un lugar feliz. Lo ha sido durante mi infancia. Y regreso pensando que voy a volver a ese lugar. Pero no existe. Está lleno de gente sin mascarilla por la calle que pone música en la playa. Probablemente uno de los gestos más egoístas para mí: tapar el sonido del mar a todos los que tienen la desgracia de sentarse cerca. Me da lo mismo la música. Yo no he elegido oírla. Ponte los cascos. No molas más, no estás diciendo nada bueno de ti. Justo lo contrario. Todos pensamos que eres un imbécil.

Me pasó también en el hotel Ushaia Ibiza hace años. La gente muy flipada con el sitio, mucho chill-out y músicos en directo y yo desayunaba frente al mar pero no oía las olas. A las 9 de la mañana.  Ni un poquito. ¿Para qué desayunar champán al lado del mar si tienes la misma sensación que saliendo de un after en mitad de Madrid? Por no hablar de la gente. Todo estaba tan a tope como en Benidorm. Diferente selección musical, nada más. La proporción de imbéciles andaba parecida.

Este agosto he leído poco. Solo he terminado tres libros y uno de ellos no ha sido muy largo. Bastante raro este ritmo y encima voy a tope de dramas. Hasta para mí, me he pasado de rosca. Dos de no ficción: sobre la depresión de su autora (‘Fármaco’ de Almudena Sánchez) y otro sobre la muerte de un padre después de una larga enfermedad contado por sus hijas (‘Ha pasado un minuto y queda una vida’ de Gabriela Consuegra). He llorado mucho con este último, pero muchísimo. El otro me ha angustiado bastante. El tercero, menos mal, se lee solo y, sin ser la alegría de la huerta, me ha parecido una lectura fácil. Se titula ‘La mitad evanescente’ de Brit Bennett: dos hermanas gemelas negras desaparecen de su pueblo, un pueblo especial donde todos los negros tienen la piel clara. Intriga, racismo, y lazos familiares. Muy vendido. Lo entiendo. Se lee fácil, engancha y tiene algo que contar. Podría ser lo que llaman un libro de verano. Aunque me he dado cuenta de que en verano aún leo más drama. Es un poco lo mismo. En Madrid, me imagino en la playa leyendo algo ligero, sonriendo, tomando una cerveza. Y luego estoy allí tumbada, con esa paz que me da el mar, y mi cerebro va a mil por hora, necesito cosas densas, dramas, historiones… Y la cerveza, pues sin más. Un vino. Tinto. Mejor no me des la botella porque se la estrello en la cabeza de ese imbécil que no deja de poner reggaetón.

De pequeña, cuando íbamos al vermú, S. y yo siempre pedíamos un Kas Naranja y una croqueta. Al principio, ella se emocionaba y bebía y comía muy rápido. Entonces acercaba su vaso al mío y veía que me quedaba mucho más. Lo mismo con la croqueta. Acto seguido, dejaba de comer y de beber. Se hacía la entretenida, hasta que yo casi había terminado lo mío. Entonces ponía los dos vasos al lado y me decía:

-          ¡No te queda casi nada!

Esos son los que se van de vacaciones en septiembre.

Un año yo también me fui en septiembre. No unos días, sino tres semanas completas, el grueso. Me las daba muy feliz enseñándole a la gente que me quedaba toda la croqueta pero no fue tan maravilloso. Se me hizo el verano muy largo mientras todos se iban. Tuve que aguantar las bajas de mis compañeros en el trabajo. Ver sus fotos. Admirar sus morenos. Estaba muy cansada cuando me fui. Tampoco me acompañó el clima en mi viaje. Y según aterricé, era otoño y ya nadie llevaba sandalias. Tuve la sensación de que me habían robado el verano.

La técnica de S. con el Kas naranja y la croqueta nunca me daba envidia porque yo ya estaba saciada. Me daba igual. No me pasa con las vacaciones. No me sacio. Pero sé que irme ahora es un plan que me funciona de lejos, en abstracto. Si pusiera foco y, siendo sincera, yo no me iría a vivir a la casa de los Durrell.

P.D. 1 S. ni se te ocurra leer ‘Ha pasado un minuto y queda una vida’ de Gabriela Consuegra. No vas a parar de llorar. Si no me haces caso y lo lees, llámame. Llevaré croquetas.

P.D.2 No recuerdo dónde lo vi y no he podido comprobar que sea verdad pero no hace falta. Como la ficción, la cita funciona igual aunque no sea cierta. Leí que la gran Fran Lebowitz decía que nunca había sentido envidia desde que se dio cuenta de que para tener una cosa de una persona, por ejemplo, su altura, tienes que tener todo lo demás: sus depresiones, su mal carácter, o incluso sus padres. No valdrían los tuyos porque tu altura depende de esa genética. Si envidias algo de una persona, te toca el lote completo. No solo la parte que te gustaría. Y que eso le había hecho no tener envidia nunca de nadie. Así que pensad en eso cuando veáis las fotos en IG de los de septiembre. Y recordad vuestro verano.

P.D. 3 Y, por favor, no pongáis nunca música en la playa si hay alguien cerca.

Un puñaíto

No tengo mucho que contar en esta newsletter. Estoy más de pensar que de hablar.  Es porque he viajado a casa y eso es viajar para adentro también. Casa siempre es el mismo sitio. Por muchas en las que viva. Creo que son diez casas en Madrid. Llevo casi 21 años fuera de aquí pero en mi teléfono pone CASA y es el número de mis padres, el fijo. Aquí es Pamplona. Madrid es allí.

Volver siempre es un viaje doble. No sé si la gente que vive en la misma ciudad en la que nació tiene acceso a estos viajes interiores al pasado. Algunos sitios no he vuelto a verlos en 20 años. Pasé por ese kiosco de chucherías donde compré mis primeros cigarros sueltos y se me cortó la respiración.


No es nostalgia, o sí. La nostalgia tiene mala fama. Como si recordar implicará no avanzar o pensar que aquello fue mejor. No es eso. Pero es la leche poder recordar quién fui con 16 años. Tener la foto, el fogonazo. Pidiendo un cigarro Nobel suelto ahí, con mis Bonaventure de botón azul y mi jersey gris de pico, o la minifalda de ante de tablas. Siempre llovía cuando me la ponía. No me daba cuenta de que llovía siempre, sin falda también. Como cuando me planchaba el pelo. Siempre llovía y hacía fresco.

En ese café pasé años. Se llamaba Alt Wein y era precioso y francés y literario. Yo me creía casi bohemia y moderna e internacional ahí tomando un café melange, siendo de Pamplona en los 90 después de salir de estudiar en un cole de monjas, lo que implicaba bastante grado de imaginación y algo de autoindulgencia.

Todo lo que pensaba, lo que era. Cómo algunas cosas se han transformado y otras siguen iguales, no las físicas, me refiero a las que soy yo. Es otro tipo de viaje, hacia dentro. Imagino que quien veranea siempre en el mismo sitio también tiene ese doble viaje. Al lugar y al pasado, a la persona que fuimos. Me pasa aquí y en Benidorm. También en algún barrio de Madrid. 21 años dan para producir recuerdos en esta ciudad que me adopta. Aunque siga siendo allí.

Me crucé con una compañera del colegio y no nos saludamos. A ver, hace igual 30 años que no la veía. Me costó ubicarla en mi memoria. Pero podría haberme acercado luego. No lo hice. Qué habrá pensado. Probablemente en ella misma. Como todos. Pasamos mucho tiempo preocupados por lo que piensan los otros y los otros están pensando en ellos mismos. Igual ella está como yo: “Seré imbécil.  Tendría que haberla saludado”. Igual no me reconoció. 30 años son muchos.

Hace una semana fui a casa de una tía de mi madre. Cumplía 105 años. A pesar de que le falta vista y oído sigue la cabeza ahí completa, funcionando, la inteligencia, la memoria, la coquetería y la ilusión por la lotería. Debe de ser un gen familiar. Es como si pagáramos por ir al cine. Y en la película nos toca un pastón para compartir e irnos a vivir a la playa.
-Tita, que tengo ya 42 años- le contesté cuando me dijo que estaba como siempre.
-Niña, esos son solo un puñaíto.

Ojalá tenga razón. Y me quede mucho viaje, y mucho volver.

P.D. Hola Ana. ¿Cómo te va? Me alegro de haberte visto.

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